Puede venir disfrazado de distintas formas y maneras, estar escondido en una frase o en una quimera.
Puede ser sutil o muy severo, puede que sea lo suficientemente inofensivo o lo suficientemente destructor.
Todo depende con el cristal con que lo mires, pues no es lo mismo sentir que hacer sentir.
Es egoísta condenar a un hijo a vivir la vida de un padre o de una madre, pretender que el hijo o hija deje de vivir su propia vida por vivir bajo la sombra de sus padres.
También es egoísta que un hijo condene a su padre o madre a vivir solo o sola después de una relación rota o de una viudez.
Nada justifica aquello que damos por hecho, si solo miramos el bienestar propio y no el colectivo.
O que se le coaxione a evitar tener o iniciar una nueva relación sentimental, por el simple hecho de pensar
¡Ya estás vieja/o!
Aún siendo lo suficientemente eficaz en nuestros pensamientos, caemos en el error de pretender condenar a una familia a vivir en un escenario de apariencias solo por cumplir con la sociedad o con el entorno, el egoísmo no solo te deja el espacio vacío, sino también el alma rota.
Nada justifica aquello que impongamos por pretensiones disfrazadas de bienestar, si lo único que queremos en realidad es hacer vivir a alguien, el martirio que nosotros vivimos y lo extendemos a los demás como tentáculos.
El egoísmo no solo es un defecto, sino también es un método de destrucción que colocamos sobre nuestra convivencia y no queremos ser solo nosotros los perjudicados, sino que arrastramos a otros a vivir una desgracia que no les pertenece.
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