Nos encanta disfrazar la inercia con palabras poéticas. Es frecuente escuchar que la vida es injusta, que el camino estaba predeterminado para el fracaso o que los sueños se truncaron por culpa de un destino caprichoso. Repetimos con resignación que las oportunidades no tocaron a nuestra puerta, como si el éxito fuera una lotería exclusiva para unos pocos elegidos.
Sin embargo, raspar la superficie de esa aparente tragedia revela una verdad mucho más incómoda: no hay destinos cortados ni sueños mutilados; lo que abunda es la cómoda costumbre de mirar el triunfo ajeno desde la barrera y no hacer nada por alcanzarlo.
Es mucho más sencillo culpar a los astros que aceptar la propia culpa. Asumir que el fracaso proviene de la pereza, de la indecisión o del miedo a arriesgarse duele en el orgullo. Por eso preferimos adoptar el rol de víctimas de la circunstancias, autoconvenciéndonos de que el éxito era una meta inalcanzable. Nos instalamos en la comodidad de la queja, anestesiando el potencial con la falsa creencia de que, si no lo intentamos, al menos nos ahorramos la frustración de la caída.
Pero la realidad es implacable. La verdadera barrera entre lo que soñamos y lo que somos no es la falta de oportunidades, sino la falta de decisión. Las oportunidades pasan todos los días frente a nosotros, a veces disfrazadas de esfuerzo duro, de madrugadas largas o de decisiones difíciles que exigen abandonar la seguridad del estancamiento. Quien padece de desidia prefiere la quietud del espectador a la exigencia del protagonista. Se conforma con aplaudir la gloria de otros mientras entierra silenciosamente sus propias capacidades.
La vida no premia las intenciones silenciosas ni los deseos que se quedan en la cabeza. Nada de lo que demos por cierto o anhelemos con nostalgia sucederá si no nos armamos de voluntad para buscarlo. El destino no es una sentencia escrita por el azar, sino el resultado inevitable de nuestros actos y omisiones.
Dejar de buscar excusas y asumir el control absoluto de nuestros pasos es el único camino real para dejar de ser relegados de nuestra propia historia y convertirnos, por fin, en artífices de nuestro propio vuelo.
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