jueves, 13 de agosto de 2026

El ruido del silencio

 Y de pronto la calma se volvió ruido, el bullicio se hizo silencio y la paz se vio trastocada por el crujir de las edificaciones, que empezaron a sentir la fuerza de la madre tierra, esa fuerza interior que no se ve, pero que se siente.

Fueron segundos eternos en los que el suelo dejó de ser firme para convertirse en un mar embravecido de concreto y polvo. El crujido de la estructura y el estallido de los cristales ahogaron el instinto de la rutina. Quienes momentos antes compartían una charla, caminaban hacia el trabajo o disfrutaban de un instante cotidiano, se vieron suspendidos en un paréntesis de vulnerabilidad absoluta, unidos por el mismo miedo ancestral.

Cuando el temblor finalmente cesó, el polvo suspendido en el aire tardó en asentarse, como queriendo ocultar la herida abierta en las calles y en la memoria de la gente. Pero en medio de la conmoción, entre manos que buscaban a los suyos y miradas que intentaban asimilar lo ocurrido, emergió algo incontestable.

Esto no hace más que confirmar lo frágil que es la vida y lo efímero que puede ser la certeza de la seguridad, pues nada de lo que pretendamos dar por cierto lo será ante la fuerza de la naturaleza. Somos apenas testigos de su poder, caminantes sobre una tierra viva que nos recuerda, en un instante, lo verdaderamente esencial: la urgencia de valorar el presente, la solidaridad que nace en la tragedia y la inquebrantable voluntad humana de volverse a levantar.

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